Zemmifobia

Esa mañana desperté con prisa para irme a trabajar. En la cocina, aún se escuchaba el eco de las botellas de cerveza que un día antes bebí con aquel que me confesaba su amor. He de decir que siempre acumuló los vasos y platos del desayuno en el fregadero y mi cocina es la antítesis de la de mi mamá. Con el afán de seguirle llevando la contraria, las pilas de trastos sucios son parte del mobiliario de mi departamento.

Cinco minutos antes de salir, como todas las mañanas, hice la rutina de siempre: abrir el refrigerador -lleno de calabazas en descomposición, crema caduca y hojas de lechuga secas- tomar un yogurth y salir corriendo con mi barra de granola en la mano. Pero justo, cuando puse el primer pie en la cocina apareció; nerviosa, temerosa, corrió a refugiarse en la azotehuela, cuya puerta, hasta ese día, permanecía abierta permanentemente para ventilar el humo del cigarro y los olores a encerrado.

Cuando la vi, un escalofrío erizó los vellos de mi piel, mis glándulas sudoríparas se activaron, un cuadro de taquicardia me atacó y corrí de un lado a otro sin saber qué hacer. Estábamos solas ella y yo. ¡Jamás pensé que llegara a un tercer piso! ¿De dónde demonios salió? ¿Por qué vino aquí, donde sabe que causa tanto daño?

Inmediatamente cerré la puerta de la cocina, cogí las llaves y salí corriendo. Ella o yo, no podíamos estar ambas en el mismo espacio.

Pero no podía dejarla allí a sus anchas, reinando mis dominios, mi único espacio en el cual puedo hacer lo que siempre quise, entre otras cosas, cenar y dejar los trastes sucios esperando.

Desde hace tres años dizque soy independiente, autosuficiente y autónoma. Yo pago mis cuentas, comida, viajes y renta. Yo prendo el calentador, corro detrás del camión del gas, busco al marchante en el mercado para comprar la fruta más barata, barro, lavo, cocino, en fin yo soy la única y absoluta responsable de mi. Pero esto si no lo pude controlar, no tuve el valor de enfrentarlo sola ni resolverlo como toda una "mujer" responsable, valiente y bla, bla, bla.

Lo primero que hice fue correr y luego llamar a mi papá para que me ayudara. Como cuando tenía 10 años y me auxiliaba para abrir el frasco de mermelada o me ayudaba a mover un mueble en mi recámara. Otra vez me di cuenta que aún necesito mucho de él y que cuando grite "auxilio", siempre, siempre estará allí: incondicional, dispuesto y solidario. Lo amo.

Tons, como todo un héroe, dos horas después me llama y me narra por teléfono cómo la atrapó.
- Voy entrando a la cocina. Sí, sí al parecer si es lo que pensábamos. Ya corrió, mordió tu bolsa del mercado.

-¡AGGGGGGHHHH! ¡Maldita!

- Creo que entró por la coladera. Parece que se escondió en la lavadora. Sí, sí allí está. ¡ZAP, ZAP! Ya está, está pataleando (lucha por su vida hasta el último momento). Ya está muerta. ¿Qué hacemos con los restos?

-Desáparecela, no quiero rastros de ella, por favor. Te lo suplico, busca bajo mi cama, en la alacena, en el baño, en el clóset, debajo del sillón. ¡Tengo miedo! No quiero que esté allí cuando regrese.

-No te preocupes. Yo me encargo. Pero por lo pronto el caso está resuelto.

- Gracias, gracias otra vez. Pero no olvides checar debajo de la cama. Quiero que muera.

Desde entonces estoy pendiente de cualquier ruido en la cocina. Las primeras noches ni siquiera pude dormir, el temor a que me atacara, me acechaba constantemente. Su imagen aparecía en las servilletas, en los espectaculares de la peli infantil del momento, en la televisión, en las banquetas de Reforma, en las coladeras a mi paso, era una pánico insistente.

Aún siento un miedo irracional cuando las veo. Un chillido ficticio retumba en mis oídos algunas noches provocando una terrible ansiedad.

Ahora creo que debí enfrentarla esa mañana. Era mi oportunidad para retarla y vencer mis miedos. Pero no, soy demasiado cobarde y débil. De cualquier forma, evitaré por todos los medios volverme a cruzar en su camino.

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