Filofobia
Él la observaba pero jamás se acercaba. Ella no lo miraba, pero sabía que estaba allí. Lo sintió cuando después de un día lluvioso, estresado y depresivo metió en su cajuela El árbol rojo, de aquel ilustrador australiano. Luego vinieron insinuaciones que ella nunca entendió.
Una noche, mientras bailaba la canción de La reina del café en aquel cabaret de la calle de Bolivar, por fin lo vio. Allí estaba él, paciente y sigiloso, esperando a que ella volteara a ver sus ojos y su rostro de luna. Desde aquel día las cosas cambiaron. La primera noche compartieron un sillón individual, bastó con eso no hizo falta nada más. La segunda, pasaron toda la mañana en una posada muy, muy…, allí sus siluetas se reflejaban todo el tiempo en el techo.
La tercera noche fue imborrable. Él la subió a una torre de papel desde donde se veía el centro de la gran Tenochtitlán. Prendió 40 lucecitas para alumbrar su rostro, armonizó los acordes de las campanas de la Catedral para que sonaran con cada beso y caricia, colocó la luna justo frente a sus ojos (miopes) y le abrió el balcón, ese gran balcón desde el cual se veía todo el universo que le describía. Desde ese día no se han podido separar, sólo les quedan unas cuantas noches juntos.
Por fin, lo logró, hizo que lo mirara y se quedara con él un poco más. Ahora, ella lo lleva amarrado en su mano derecha y espera que esos hilos rojos y negros que sujetan su muñeca permanezcan un poco más, solo que tiene miedo a que se quedé guardado en sus pensamientos.
Una noche, mientras bailaba la canción de La reina del café en aquel cabaret de la calle de Bolivar, por fin lo vio. Allí estaba él, paciente y sigiloso, esperando a que ella volteara a ver sus ojos y su rostro de luna. Desde aquel día las cosas cambiaron. La primera noche compartieron un sillón individual, bastó con eso no hizo falta nada más. La segunda, pasaron toda la mañana en una posada muy, muy…, allí sus siluetas se reflejaban todo el tiempo en el techo.
La tercera noche fue imborrable. Él la subió a una torre de papel desde donde se veía el centro de la gran Tenochtitlán. Prendió 40 lucecitas para alumbrar su rostro, armonizó los acordes de las campanas de la Catedral para que sonaran con cada beso y caricia, colocó la luna justo frente a sus ojos (miopes) y le abrió el balcón, ese gran balcón desde el cual se veía todo el universo que le describía. Desde ese día no se han podido separar, sólo les quedan unas cuantas noches juntos.
Por fin, lo logró, hizo que lo mirara y se quedara con él un poco más. Ahora, ella lo lleva amarrado en su mano derecha y espera que esos hilos rojos y negros que sujetan su muñeca permanezcan un poco más, solo que tiene miedo a que se quedé guardado en sus pensamientos.
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