Bufonofobia


Tuve que esperar a que anocheciera para poder verlo. Esa tarde llovió. Tras la escampada llegué. Ahí estaba él, esperando, con sus ojos saltones y brillantes y su seca y áspera piel. He de confesar que el color verde siempre me ha atraído.

Sus ojos parpadeaban mientras se embullía el par de mosquitos que zumbaban por ahí, justo unos segundos antes de que apareciera. Dos gusanos se atravesaron y también los devoró. Sabía que andaba entre charcos y aguas pantanosas, eso me provocaba un poco de miedo. Quizá esa era una señal de alerta. No era normal que siempre estuviera en ese sitio oscuro y tuviera una doble vida, entre el agua y la tierra. ¡Hummm! Debí sospechar. Pero mi falsa seguridad se impuso y lo pasé por alto.

Cuando por fin logró mi confianza y mi temor se desvaneció, de un saltó llegó junto a mi y atacó con su única arma. Sacó su larga y persuasiva lengua, pegajosa... Este anfibio debería ser protagonista de películas de terror y no de cuentos de princesas. ¡Y pensar que todas ellas lo han besado!

Ahora llueve. Afuera se han formado varios charcos y salta de uno a otro. A ratos escucho su croar. No ha logrado ni salpicarme. Ya me cuentan que en Australia se ha empezado una campaña para acabar con su especie. Algunas veces imagino que crece, saca su lengua y empieza a parpadear frente a mi. No puedo soportarlo...

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