Parafobia

No tenía ganas se salir de la cama. Insistió un poco, caminé hacia el Palacio. En el trayecto vi medusas que caían del cielo, niños que jugaban a ser reyes magos y la luna borrosa por la nubes. Bebimos cerveza, no demasiadas, escuchamos narcocorridos e inevitablemente dos de José Alfredo, sólo para cerrar la velada.

Camino a casa me convenció de hacer una escala, entramos al salón oscuro con hombres sudorosos. Ni el Bailén ni el Savoy se le parecen. Me sentí extraña y cohibida por primera vez frente a las chicas que paseaban semidesnudas y se restregaban en sus brazos y piernas.

En otra ocasión hubiera bailado, pero estuve pegada a la silla. Pese a no haberme visto de pie me ofreció el trabajo, cubría el perfil, 100 pesos por copa y 500 pesos el baile privado. Nada del otro mundo, sólo hay que saber bailar cerca del cilindro, beber unas 10 copas por noche, llevar un vestuario diminuto y caminar con altos tacones (eso sí que será complicado). Antes de cerrar el trato, justo cuando iba a firmar mi nuevo contrato de trabajo, me jaló, apagó su grabadora y salimos del lugar. Yo quería más que una nota periodística. ¡Hummm! Espero que todavía esté la vacante hoy.



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