Robo de vanidad

Había llegado el día. Tomé el velís de los recuerdos con el que se viaja a lugares nostálgicos y amables. Lo llené poco a poco con el perfume de ilusiones, el cepillo de esperanzas y los maquillajes de anhelos. Luego doblé el vestido de la tentación y el abrigo del respeto. No podían faltar los zapatos altos para caminar y saltar. Finalmente, los aretes, pulsera y collar para brillar. Ya estaba todo listo para despegar.
En el camino me entretuve y el chofer (sin calificativos) se llevó toda la irrealidad de bolsillo que había depositado en aquella maleta. Me quedé sin la vanidad, esa que pocas veces saco a pasear y que guardaba celosamente para las ocasiones especiales. En unos minutos se esfumó toda la fantasía comprada en costosas tiendas departamentales.
En el camino me entretuve y el chofer (sin calificativos) se llevó toda la irrealidad de bolsillo que había depositado en aquella maleta. Me quedé sin la vanidad, esa que pocas veces saco a pasear y que guardaba celosamente para las ocasiones especiales. En unos minutos se esfumó toda la fantasía comprada en costosas tiendas departamentales.
Comentarios