Actirastia

Abre los ojos. Sus rayos caen en la cama. El rostro se ilumina y deja ver su marcadas líneas de expresión. La luz le deslumbra y entorna los párpados para dejar escapar una mirada al techo azul. La vitamina D se activa en su cuerpo desnudo.
El huesillo feliz se alborota. Las manos se excitan, las extremidades se estiran y contraen. Sus mejillas se sonrojan. La temperatura aumenta y se revuelca entre las sábanas.
(En la víspera del invierno, a la buhardilla se coló una calurosa mañana veraniega).
De la mañana a la tarde
me consumes, sol; me secas
con tu gran ojo sin alma;
pero así la noche al fin
halla en mí el duro carbón
que no podrá disolver,
y al corazón seco vuelve,
sombría y fresca, la savia
que blanca le sorbió el día.
me consumes, sol; me secas
con tu gran ojo sin alma;
pero así la noche al fin
halla en mí el duro carbón
que no podrá disolver,
y al corazón seco vuelve,
sombría y fresca, la savia
que blanca le sorbió el día.
Tomás Segovia.
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